—¿Quién es esa mujer como de ensueño que conversa con el embajador? Nunca había visto una mirada tan verde ni un cuerpo tan fantástico...
—Caramba, Ronald, me atrevería a decir que has sufrido un ataque de amor a primera vista. Pero bueno, eso les pasa a veces a los buenos poetas...
Ella es Pina Bausch, bailarina y coreógrafa alemana, por fin en Chile después de una muy esperada visita.—Claro... he leído sobre ella, pero en las fotos se veía muy distinta a esta criatura.
—Tu ‘criatura’ tiene 40 años.—Entonces puedo aspirar a que se fije en mí, aunque sea para decirle un par de palabras...—¿En alemán...?—No, en inglés...
“Nunca he sido muy comedora, pero esa vez no probé bocado... aquel hombre me provocaba emociones que creí enterradas para siempre con la muerte de mi marido”, comentaría después. Y como ella debía concluir su gira sudamericana en Buenos Aires, Kay viajó con ella, dejando en claro que se habían convertido en pareja y que se casarían apenas llegaran a Alemania. El poeta —director del Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile—, con su metro noventa, los ojos muy azules y una pinta curiosamente bien anglosajona (tenía ancestros británicos), formaba con Pina una pareja muy particular. “Te amo tanto que me da miedo”, solía decirle él tomándola en brazos, a veces en plena calle, pese a la timidez enfermiza de la alemana que más de una vez confesó haber aprendido a expresarse con su cuerpo, porque la voz no le salía frente a los demás.
“El miedo hace crear, porque quieres inventar un mundo donde tus ideas y sueños funcionen”...
